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Supongo que será ya rutinaria la disculpa de los antólogos ante el subjetismo de su elección en cuanto a autores, obras o fragmentos de las mismas, aduciendo, ya la escasez de originales -lo que dificulta la opción-, ya la profusión de los mismos -estorbando por ello el espigueo-, como si ambos argumentos, por extremos, sirvieran de excusa.

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Azorin

Hernando de Vega

Pio Baroja

Alfonso Camin

Gaspar Casal

Ruben Dario

Miguel de Unamuno

 

Supongo que será ya rutinaria la disculpa de los antólogos ante el subjetismo de su elección en cuanto a autores, obras o fragmentos de las mismas, aduciendo, ya la escasez de originales -lo que dificulta la opción-, ya la profusión de los mismos -estorbando por ello el espigueo-, como si ambos argumentos, por extremos, sirvieran de excusa

 

 

Oviedo una ciudad espiritual

 

Un loro dice: coá-coá; un gato negro y silencioso se ha puesto sobre la mesa y me mira con sus ojos de oro. Desde el comedor, a través de los cristales anchos de la galería, se divisa una fila de techumbres rojizas, y luego, allá a lejos, las laderas verdes, suaves, de una montaña, con sus prados, con sus maizales, con sus manzanos, con sus robles. Acaso pasa una hora, dos o tres en charla amena, entrecortada con lecturas y comentarios de bellos libros.
-Azorín, -no vamos a los Alamos?
-Marchemos a los Alamos- contesto yo.
Los Alamos es un viejo paseo; dos largas filas de estos finos, esbeltos, sutiles árboles lo bordean. A un lado se extienden unos sombríos jardines. Seis, ocho, diez paseantes marchan lentamente, en silencio: uno de ellos avanza hacia nosotros.
-Querido Melquiades, ¿qúé pasa en la ciudad?
-Nada -dice sonriendo el gran orador, que viene todos los días a esta alameda.
Y continuamos paseando. En Oviedo no ocurre nada; todo está en una calma grata y profunda. Sobre las viejas casas de la ciudad pesa una historia gloriosa y milenaria. los muros vetustos, de negras piedras, con negros escudos, reposan en un ambiente de paz y de vaga melancolía. una gasa imperceptible empaña el aire y esfuma el lejano paisaje verde que aparece al volver una esquina. Y al paso, esta callejuela, en tal café o en el otro paseo, creemos recordar una página de¡ maestro...
-Azorín, ¿nos vamos a la catedral?
-Vamos a la catedral -contesto yo.

Las horas han ido transcurriendo. Cuando llega el crepúsculo, es preciso retornar a los Alamos. Aquí encontramos a Victoria, a Josefina, a María, a Luisa, a Pacita y a Carmen. Todas son bellas, discretas y afables: ya hablaré de ellas con espacio otro día. En Oviedo hay una preocupación por las cosas espirituales que es raro encontrar en otras ciudades españolas. Parece que durante largos años, en torno al maestro Clarin, se ha ido formando un círculo visible, bienhechor, que ha abarcado poco a poco gentes más gentes, y ha acabado por cubrir cón sus radiaciones la ciudad toda. Esta mañana, en casa de¡ poeta, buscábamos la más antigua de las novelas de¡ maestro y una criada a dicho: "Yo también tengo La Regenta'.

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Ordenanzas (1494)

 

24.Que el día quince de agosto de cada año se haga en la dicha ciudad de Oviedo como se acostumbra la elección de jueces de millones por suertes entre todos los regidores, y en la misma forma se haga el dicho día la elección de alcaldes de la Hermandad para todas las feligresías del concejo de Oviedo nombrando Alcalde en cada feligresía, el regidor a quien tocare la suerte, y acabadas estas elecciones, se haga la de Alcalde de la Hermandad de ambos estados para la ciudad, nombrando para esto por suerte entre todos los regidores, que se hallaren presentes cuatro electores los cuales la hagan en la forma que queda dispuesta para la elección de los mismos oficios, que se hace el día de San Juan por la mañana y tiene lugar en los actos públicos después del regidor más moderno en dichos actos y bela.

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Desde la última vuelta del camino. Memorias (VI)

 

Ya al llegar a la parte baja, en tierra de Asturias, vamos con rapidez, y a poca distancia de Oviedo el auto, cansado de tantos vaivenes y traqueteos, se para.
-¿No podremos llegar? -le pregunto al chófer.
-Sí; creo que sí.
Efectivamente, por la noche llegamos a Oviedo.
Oviedo, hermosa ciudad, con un parque frondoso en el mismo centro, una gran catedral y esas dos iglesias primitivas en los alrededores: Santa María de Naranco y San Miguel de Cilla, es una ciudad atractiva.
En Oviedo, por la mañana, mientras revisan y ponen el auto en punto, me dedico a la inacción y la pereza.
La muchacha de la fonda canta, mientras arregla el cuarto próximo:

Sí se va la paloma
ella volverá,
si se va la paloma
ella volverá.
No se va la paloma, no.
No se va, que la traigo yo.

No me disgustaría vivir así; una temporada corriendo por los caminos, otra dedicándome al comentario y a oír si la paloma vuelve o no.
Me llaman. El chófer necesita todavía una hora para arreglar el auto.
Me levanto y salgo de casa.
En Oviedo doy una vuelta por el Campo de San Francisco y me encuentro a un conocido, que me lleva a una bodega, en donde me ofrecen sidra echada en un vaso desde una altura de dos metros para que haga espuma.
Me parece un ejercicio de prestidigitación.
Pienso luego en mi reportaje.
Al llegar los carlistas de Gómez a la capital de Asturias fueron recibidos por la mayoría de¡ pueblo con gran regocijo.
El general publicó un bando, en el cual hablaba de sus pacíficas intenciones, y mandó que se disolviese el cuerpo formado por los prisioneros en la batalla de Baranda, del valle de Mena, y que cada cual hiciese lo que le pareciera.
Muchos de los soldados cristianos quisieron ingresar en las filas carlistas. Se constituyó el primer batallón de Asturias, al mando del coronel don José Durán. El botín de Gómez debió de ser enorme.
Al tercer día de estancia en Oviedo los carlistas supieron que el general Pardiñas estaba en el puente de Soto del Barco o Soto de la Ribera.

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Elegia de la Ciudad de Oviedo. (1934)

 

Amigo: Tú que has visto la gran ciudad señora
entre espantos y muertes, ¿qué me díces ahora?
Terrible, sí terrible fue aquel rencor minero.
Pero menos terrible que ese ambiente logrero.
Todo el laurel monstruoso se ha quedado sin gajos.
Los revenden muy bien. Horizontes de grajos
llenan todo el crepúsculo. Con apariencias bobas.
¡qué escándalo de urracas! ¡qué gran festín de chovas!
¡qué magníficos precios alcanzó la chatarra de la muerte!
¡qué triunfos para el pico y la garra!
Tú que tienes un alma tan generosa y fina,
líbrala de ese ambiente de fango y de letrina,
de capataces burdos, santeros culipavos,
cazurros y soplones con gérmenes de esclavos,
de la avaricia torpe, del torpe leguleyo,
de los escapularios y del rencor plebeyo,
procesiones absurdas, vulgares sindicatos,
judíos, catalanes, pasíegos, maragatos,
y líbrala también de las gentes de casa,
la cara, acontecida las manos en la masa.
Plañideras de Dios, petardistas soviéticos,
discursos engolados, patriotas epilépticos,
de las víctimas falsas y el dolor jesuíta.
Tú sabes que el dolor verdadero no grita.
Que los muertos nos guardan un silencio absoluto.
Gritan los mercaderes disfrazados de luto.
El luto va en los ojos de las gentes calladas,
en los hijos sin padre y en las casas cerradas.
En esa gran tristeza que baja del Pajares,
se hace angustia en las costas y silencio en los mares,
Pero, ¡cómo aprovechan los horrores del drama!
¡qué turbia la corriente del río! ¡Cuánta lama!
¡Qué lechuzas! ¡Qué buitres! ¡Qué enormes sanguijuelas
hinchadas en el cuerpo! ¡qué victoria de espuelas!
La sangre de los muertos ya la borró la esponja
de la lluvia. Ahora gritan los vivos en la lonja.
Pilatos no ha tomado parte en el juicio. ¿Hay dudas?
¡que le miren las manos, aun sin lavarlas! Judas,
que iba entre las charangas de las patrullas rojas,
partícipe en los robos, guardián de sus panojas,
hoy, que hace el buen oficio de algunos choriceros,
denuncia a Jesucristo, que lo ha dejado en cueros.
Amigo: tú que tienes un alma noble y fina,
que sabes que los pillos no son hombres de mina,
rompe tus lanzas, lucha por la ciudad señora,
que no termine nunca la reina en aguadora,
ni justifiquen nunca tartufos y logreros,
Aquel apocalíptico rencor de los mineros.
Que no digan de nuevo que es la gente asturiana
-¡como en tiempos del Cid !- cachicuerna y villana.

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Memorias de Historia Natural y Médica de Asturias (1762)

 

De las situaciones de los pueblos en particular.
El sitio, que ocupa esta ciudad de Oviedo, aunque no de los más vistosos, ni fértiles, parece ser uno de los menos enfermos de todo el Principado. Lo primero, porque cuantas epidemias han acontecido en Asturias desde el año 1718 hasta el de 1749 fueron menos malignas y menos generales en esta ciudad (no obstante la multitud de gente que en ella habitaba) que en otros pueblos del país. Y lo segundo, porque (atendiendo a las comunes causas perceptibles) se halla descubierta, despejada, y expuesta a todos los vientos; es bañada del sol, desde el punto que nace para este horizonte hasta que se pone, dista del mar cincco leguas, que es lo que basta, para que el saludable viento Nordeste no llegue tan recio, y fuerte', como en los pueblos arrimados al mar; ni tan flojo y caliente en el Estío, como en los concejos, y parajes más apartados de la Marina. También el suelo, en que está fundada (en comparación de otros) es poco húmedo; porque, después de ser todo un peñasco finísimo sin profundidad alguna en que puedan estancarse las aguas, está circundado de tierras más profundas, y bastante inclinadas, para que, sin artificio, corran naturalmente con presteza, aunque las lluvias sean notablemente excesivas: pero no por eso tiene tanta altura, que cause la menor fatiga a los que vienen a dicha ciudad desde los parajes más hondos vecinos a ella: porque ni es largo, ni mal echado al declive.
Muchos juzgan y afirman que Oviedo es uno de los pueblos menos saludable de Asturias; pero en mi sentir se engañan. El fundamento, que estos alegan a su favor, consiste en una experiencia mal averiguada y peor examinada. Dicen, que muchas personas, que vivían con salud en sus aldeas, viniendo a esta ciudad, experimentan, dentro de pocos días, algunas indisposiciones, que, sólo con volverse a sus casas, sin medicina interna, ni externa, se desvanecen.
No advierten los que dicen esto que las mudanzas, aunque sean de malo a bueno (hablo generalmente: pues, en particular, lo que es bueno para uno, suele ser muy malo para otro) ocasionan no pocas veces grandes alteraciones. Por lo cual según Hipócrates, y otros grandes autores, es peligrosa la novedad en las cosas, que los médicos ¡laman no naturales. Esto supuesto: se debe considerar la diferencia de vida, que tienen los mencionados sujetos, cuando vienen a esta ciudad, de la que tenían morando en sus aldeas; porque unos vienen aquí a pretensiones; otros a seguir pleitos; otros a sus estudios, y otros a dependencias, que ocasionan desvelos, pesares, inquietudes, y otras pasiones de ánimo nada favorables. Y así algunos, sólo por divertirse, pasar por algún tiempo a dicha ciudad, suelen mudar las horas de reposo, comidas y vestidos; a lo cual, me parece, que debe imputarse, más que al temperamento, la causa de sus indisposiciones.

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Opiniones (en "Asturias" I. Desilusión del milagro)

 

Por Palacio Valdés y el difunto Clarín sospeché la vida ovetense, en tierra de Asturias. La existencia ciudadana, como en nuestras antiguas villas hispano-americanas, aún tibias de la empolladura colonial, con sus curas, bachilleres, señoronas y chismes. Las iglesias siempre triunfantes, la alta sociedad untada de sports por el contagio de los viajes. En el ambiente universitario, aún rancio, invasión de cosas nuevas que llegan del extranjero. Para ver bien todo eso, ahí tenéis El Maestrante y La Regenta. Y en las revistas podéis saber que es aquí, en Oviedo, donde tiene su asiento principal esa ciencia internacional y periódica que posee sus mejores representantes españoles en los profesores Posada, Buylla, Dorado y Altamira.
Yo voy a lo que más puede interesar vuestra curiosidad y halagar vuestra fantasía. Os ofreceré un poco de maravilloso.
Sabía yo que la catedral de Oviedo poseía un tesoro de reliquias más rico que el de cualquier basílica italiana o que el de Nuestra Señora de Paris; y que entre las cosas que aquí se encuentran las hay extraordinarias. Yo me había imaginado muchas de ellas a través de cristales de poesía. Saludé, pues, la torre esbelta y labrada, la plazoleta antigua y estrecha, y me encontré en el ambiente oloroso a incienso de las vastas naves ojivales. Era la hora del coro y los canónigos celebran el oficio. Resonaba el canto llano. Un órgano se hacía oír de tanto en tanto. Y como vibrantes chirimías, las voces de los monagos se unían a los agudos del instrumento. Uno de esos levitas en miniatura andaba por ahí con su balandrán y su blanca sobrepelliz. A una seña se me acercó. Le pregunté por el lugar de las reliquias, y el duende, no exento de gravedad, me dijo qus tuviese paciencia por unos instantes. Y fue a unir su voz con la de sus compañeros, allá, junto al facistol. Algunos minutos después salió acompañado de dos canónigos. A una indicación les seguí.
Entramos por una puerta cercana a la sacristía. Subimos una escalera; bajamos otra corta. Henos ante otra puerta junto a la cual hay una campana que el monaguillo hace sonar dos veces. Entre tanto, los canónigos rezan. Uno de ellos, algo encorvado, misterioso, de ojos agudos, llama mi atención. Mientras le miro me instruye en voz baja un poeta del país que me acompaña: "Ese es un bravo y terrible sacerdote... Ha sido periodista de combate, hombre de empuje... Le llaman El Angelón..."

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Oviedo de Asturias

 

¡Qué casonas reumáticas
con casacas de piedra
trencilladas de hierro,
en orvallo embozadas,
y un cielo de plata
donde expira, ahusándose,
la torre de la catedral!

Marca el paso del Tiempo,
de guadaña tendida,
el choc-choc aldeano
de la almadreña,
Oviedo de Asturias.
almadreña para monte de tierra,
que en aceras, espejo lavado
de las graves casonas,
croa plañídera
sobre la lísa losa ciudadana
el yugo de la cívílízacíón,
almadreña que fue leña
de abedul
bajo el celeste íntermítente azul.
Pasa un cura, una gitana,
un enano con bastón.
Y Cronicón jesuita-sociológico
¡"El Carbayón"!
A lo lejos -de marco-
verdura del monte frisando en las nubes,
¡nubes de carbón!
Arrínconada, perlátíca y muda,
bajo el amparo gótico,
la torre románíca
de la madre de la catedral!
¡Qué recuerdos de días iguales,
de lloviznas de siglos,
de nieblas del alma,
de un ensueño silente
de verde de tíerra,
que desgarra de pronto
-volador de la historia-
de la reconquista el clarín leonés!

La chata vieja torre arrinconada,
chamuscada,
con sus cejas en arco,
con sus ojos de búho de siglos,
al que pasa avizora enigmática
y se aduerme el choc-choc aldeano
de las almadreñas
y al arrimo de la catedral!

Se derrite mansamente en lluvia el cielo,
"aqui cuando no llueve no está a gusto"
díce el chico del Hotel.
Es un cielo humorístico;
¡el orvallo su humor!
¡Un humor que cala y tiene
verde el monte y fresca la ciudad!
Allí en Cimadevílla,
tírales a los rancios ovetenses
el arco, de entrada y salida símbolo,
-que a la puerta común se congregan
los vecinos domésticos-
y discurren -con los pies- al pie de puerta
siempre abierta y al amor de la ciudad!

Un mercado en que los hombres
se resguardan de la lluvia
con monteras chinescas montadas al aire
de abrir y cerrar,
soportales familiares,
la ciudad con paraguas de fábrica,
y el corral conventual del Fontán!

Beben sidra y la desbeben,
y la feria de la vida
zumboneando humorísticamente
no en un periquete
en un perícote pásanla.

Y a dormir para siempre al arrullo
del cielo de plata que llora,
del mar que a lo lejos les mece
en la falda del monte que espera,
y al choc-choc aldeano
de las almadreñas
que un día en el monte
criaron follaje
¡verde teclado en que tañó la lluvia
este divino humor !
Oviedo, marzo 1923

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